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La indolencia en tanto que habitus en la impartición de justicia para las mujeres

 

Melissa Fernández Chagoya

Antropóloga Social-ENAH y Maestra en Estudios de Género y Cultura- Universidad de Chile.
Doctora en Ciencias Sociales-UAM, X. y Catedrática-Universidad del Claustro de Sor Juana

 

La indolencia hace alusión a la incapacidad de conmoverse o sentirse afectado/a por algo. Significa también pereza, desidia e insensibilidad, muy particularmente frente al dolor.  La indolencia, pues, se aprende, se reproduce, se ejerce activa o pasivamente, por tanto, podríamos afirmar que la raíz de las actitudes indolentes se nutre de la dinámica cultural y que su ejercicio depende, en buena medida, de la posición que se tenga frente a tal o cual suceso.

Nos apoyaremos en la noción del sociólogo Pierre Bourdieu sobre el habitus: el habitus hace referencia a aquellos esquemas de acción, estructuras de pensamiento y de sentires asociados –siempre– a una posición social. Lo anterior equivale a afirmar que nuestro habitus está supeditado a quienes somos dentro de nuestra cultura, el lugar que nos es dado o la posición que hemos logrado de acuerdo con el prestigio, el estatus, los roles atribuidos históricamente, entre otras posibilidades.

Cuerpos que no importan: apropiación e impunidad

Collete Guillaumin, socióloga feminista materialista francófona, expone que “lo que es dicho y lo único que es dicho a propósito de los seres humanos hembras, es su posición efectiva en las relaciones de clase: la de ser primera y fundamentalmente mujeres”

Milenio Diario: “Hallan muerto al periodista Ruben Espinosa y cuatro cuerpos más”. Una semana después se anota algo más sobre esos cuerpos: “maquillista, empleada domestica, activista y colombiana”. Cuatro días más tarde, luego de la presión por parte de grupos activistas feministas, se pronuncian algunos nombres incompletos: “Yesenia Quirzo, Alejandra, Nadia Vera y Nicole (o Simone)”.

De “los 43” a las 7 mujeres asesinadas por día 
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Fotografía de César Martínez para CIMAC NOTICIAS

Nos resulta familiar el lema “Nos faltan 43: vivos se los llevaron, vivos los queremos”, que hace alusión a la desaparición forzada de 43 jóvenes varones normalistas en Ayotzinapa, Guerrero. Desde el 26 de septiembre de 2014 se han llevado cabo marchas colosales no sólo en el Distrito Federal y en los estados que conforman la República Mexicana, sino también en muchas ciudades del extranjero.

Las mal llamadas “muertas de Juárez“, mal llamadas porque esas mujeres no murieron por causas naturales, sino que fueron asesinadas por el hecho de ser mujeres, también tuvieron su momento en los medios, fueron foco de atención pública, estuvieron en las portadas de periódicos y en otros múltiples espacios de difusión pero, por ahora, son un tema silenciado, olvidado e incluso invisibilizado mediática y socialmente. No sólo las asesinadas de Juárez sino todas esas mujeres que día a día mueren por el hecho de ser mujeres en un país como el nuestro.

Realizamos un esfuerzo en nuestra memoria, así como un detallado registro documental hemerográfico, y no ubicamos una sola marcha masiva, como las actuales por “Los 43”, que demandara desde consignas como “Nos faltan miles de mujeres: vivas las violaron y torturaron, vivas las queremos”; tampoco detectamos pancartas que muestren las miles de fotos de las mujeres desaparecidas en las embajadas de México en el extranjero, ni ubicamos alguna manifestación permanente y globalizada en torno a la indignación, no por 43 mujeres desaparecidas, sino por las siete mujeres asesinadas, todavía, día tras día en este país.

Ante esto conviene preguntarnos:

  • ¿Cuáles son los cuerpos que, efectivamente, le importan a nuestro país?
  • ¿Acaso los feminicidios no merecen un conteo especializado?
  • ¿No son una causa que promueva marchas y protestas, indignación colectiva o actos de denuncia pública?
  • ¿No debieron haber activado, desde hace ya muchos años, un eficiente ejercicio de justicia exclusivo para ellas?
Una mirada masculinista desde donde se imparte la (in)justicia

Así como en las ciencias sociales prevalece una mirada androcéntrica desde la cual se presume la objetividad para analizar los objetos de conocimiento científico, también en la impartición de justicia habita un filtro en la mirada para su impartición.

Michèle Le Doeuff ofrece una definición de masculinismo que puede relacionarse con lo antes planteado:

Yo entiendo por “masculinismo” a la ideología política gobernante, estructurarte de la sociedad, de tal manera que dos clases sociales son producidas: los hombres y las mujeres. La clase social de hombres se funda sobre la opresión de las mujeres (…) Entiendo por “masculinidad” a determinadas prácticas –produciendo una manera de ser en el mundo y una visión de mundo– estructuradas por el masculinismo, fundadas por y para hacer posible la opresión de las mujeres. Entiendo por “hombres” a los actores sociales producidos por el masculinismo, cuya característica común es construida por la acción opresiva de las mujeres.

El hablar o impartir justicia desde la imparcialidad, en nuestra opinión, implica hablar y hacer justicia desde ninguna parte, pero que en nuestras palabras, ese no lugar se sitúa, simbólica y paradójicamente, en una mirada masculinista, hegemónica (en México tradicionalmente machista).

Probablemente ocupar un punto de vista feminista para la impartición de justicia pudiera parecer relativizar el análisis del caso, y sí, sin lugar a dudas de eso trata. Relativicemos el masculinismo, a la inversa.

Pactos patriarcales, ya conscientes, ya inconscientes…

No extraña que jueces, ministerios públicos y abogados que defienden a hombres que han ejercido violencia contra mujeres, coincidan en sus formas de pensar y tiendan a minimizar, descalificar o desconocer los asuntos planteados por ellas, e incluso lleguen a considerarlos como producto de chifladuras o delirios. El asunto se agrava a medida que el acusado incrementa el uso de sus grados de poder (mediante recursos económicos, políticos y/o de cualquier otra índole); en este caso, esos pactos patriarcales –que pueden estar acompañados o no de corrupción– se explicitan o potencian, pues no opera solamente una visión compartida que conlleva a conclusiones determinadas, sino que se activa una complicidad abierta para proteger al varón a costa de la violación de los derechos humanos de los demás grupos históricamente discriminados y, por ello mismo, vulnerabilizables.
——
Las presentes líneas expresadas en el marco de la presentación del Portal Equis. Justicia y Género (10 de febrero de 2016, Universidad del Claustro de Sor Juana) son un esbozo del artículo escrito por la autora intitulado “El desafío de trascender la indolencia: breves apuntes sobre impunidad patriarcal e impartición de justicia” que se concentra en el libro compilado por ella misma: MIRADAS MULTIDISCIPLINARIAS EN TORNO A LA MASCULINIDAD: ALGUNOS DESAFÍOS PARA LA IMPARTICIÓN DE JUSTICIA, TOMO 13,  México, SCJN-Fontamara, en prensa.

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